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Roma: Educación:
Las enseñanzas que solían impartirse en los primeros tiempos eran sencillas. El antiguo romano consideraba que tenía bastantes estudios cuando sabía leer, escribir y hacer cuentas. Marrou dice que frente a la educación caballeresca de la Grecia heroica, la romana, en sus orígenes, es una educación de campesinos. Hacia fines del siglo VI Roma y la cultura romana aparecen dominadas por una aristocracia rural, de propietarios que explotan directamente sus propias tierras: una clase social muy distinta de la nobleza guerrera de la epopeya homérica. Signos de este carácter ve Marrou hasta en la onomástica: en el sistema romano de los tria nomina se refleja con frecuencia el espíritu férreo del campesino; nombres propios sin imaginación alguna: Primus, Quintus, Decimus; Lucius, Manius, Marcus (o sea, nacido al alba, por la mañana, en marzo); sobrenombres realistas que aluden a la vida de campo, como Fabius, Lentulus, Cicero (inspirados por los nombres del haba, lenteja y garbanzo). Sobre un modelo de tal tipo debemos imaginar la antigua educación romana. Esta descansa sobre la noción fundamental del respeto a la costumbre ancestral, mos maiorum. Revelar esa costumbre a la juventud, hacerla respetar como un ideal indiscutido, como la norma de toda acción y de todo pensamiento, es la tarea esencial del educador. “La fortaleza de Roma descansa tanto en las viejas costumbres como en el vigor de sus hijos” (Cic. Resp. V,1) Al joven noble no sólo se le educa en una atmósfera de respeto a la tradición nacional, patrimonio común a toda Roma, sino también de respeto a las tradiciones propias de su familia. El marco de tal educación es la familia. A juicio de los romanos la familia es el medio natural donde debe crecer y formarse el niño. Aun en la época del imperio, cuando la instrucción colectiva en la escuela es ya una costumbre arraigada desde mucho tiempo atrás, se discuten todavía según el testimonio de Quintiliano las ventajas y los inconvenientes de ambos sistemas. En Roma no se confía la educación del niño a un esclavo sino que es la madre misma la que educa a su hijo. Conocemos el papel que Cornelia, madre de los Gracos, Aurelia, madre de César y Acia, madre de Augusto, desempeñaron en la vida de sus hijos, a quienes supieron educar para ser verdaderos jefes. Desde los siete años en adelante el niño, lo mismo que en Grecia, se liberaba de la dirección exclusiva de las mujeres; pero en Roma pasaba entonces a depender de su padre. El padre es considerado como el verdadero educador; El paterfamilias romano se entregaba con toda conciencia al cumplimiento de este papel de educador. (Ej. El hermoso capítulo que Plutarco dedica a los desvelos que consagró Catón el Censor a la educación de su hijo (Plutarco, Vidas Paralelas, Vida de Catón): nos muestra vigilando de cerca su desarrollo, sirviéndole de maestro en todas las materias de la enseñanza. La educación familiar concluía hacia los dieciséis años. Una ceremonia solemnizaba esta etapa: el adolescente se despojaba de la toga bordada de púrpura y de las demás insignias que simbolizaban la infancia y vestía desde ese mismo momento la toga viril. Aunque desde ese instante ya se contaba entre los ciudadanos, su formación todavía no se había completado: antes de comenzar el servicio militar debía consagrar normalmente un año al aprendizaje de la vida pública “tirocinium fori”. Salvo excepciones no era ya el padre quien se encargaba de ello, sino algún viejo amigo de la familia, algún político cargado de años, de experiencia y de honores. Existía en Roma, por tanto, una tradición pedagógica original; sin embargo la educación latina evolucionó en un sentido distinto a partir de que Roma comenzó a adoptar las formas y los métodos de la educación helenística.

Influencia griega:
Muy pronto, paralelamente a esa docencia privada que se ejercía en el seno de las grandes familias, hizo su aparición una enseñanza pública del griego, impartida en escuelas: Andrónico ya enseña al mismo tiempo domi forisque como preceptor y como maestro de escuela. Además de los libertos que trabajaban por cuenta propia, había asimismo esclavos cuyos propietarios explotaban su talento pedagógico: un esclavo capaz de enseñar era una buena fuente de renta y se cotizaba ventajosamente en el mercado. Las familias romanas, preocupadas por asegurar a sus hijos la educación más completa no escatimaban nada para procurársela. También las mujeres tenían acceso a la cultura griega; la misma Cornelia mantenía una especie de salón literario, abierto a los espíritus más selectos con que contaba Grecia. La influencia griega sobre la educación romana abarca un campo mucho más amplio todavía. Se nos representa bajo una doble forma: la aristocracia romana, al mismo tiempo que educa a sus hijos a la manera griega, como lo haría un griego culto, superpone a esa educación extranjera un ciclo paralelo de estudios, literalmente calcado del modelo de las escuelas griegas, pero transpuesto en lengua latina. Ya en los últimos años de la República y durante el imperio la instrucción de los jóvenes se hizo más compleja y pasaba por tres grados: Los primeros dos, bajo las enseñanzas del litterator y el grammaticus. Seguía como curso de perfeccionamiento, no tan frecuentado como estas dos primeras etapas, la escuela del rhetor, que adiestraba a los jóvenes en la elocuencia antes de que entrasen en la vida pública (E.Paoli) .

La escuela primaria:
Para designar al maestro primario los latinos utilizaban a veces la palabra litterator, pero prefieren llamarlo primus magister, magister ludi. El maestro de escuela sigue siendo en Roma, lo mismo que era en Grecia, un pobre diablo; su oficio es el último de los oficios, fatigante y penoso, mal pagado. Para la mayoría de los niños la escuela era la institución normal; a lo que parece las niñas la frecuentaban al mismo tiempo que los varones. Los romanos también se vieron obligados a adoptar la costumbre griega del esclavo acompañante, al que denominaban con su nombre griego de paedagogus. Si se elegía bien, podía desempeñar el papel de repetidor y, sobre todo, el de un verdadero ayo, encargado de la formación moral del niño. El pedagogo conducía a su pequeño amo hasta la escuela, ludus litterarius. En la escuela primaria se aprende a leer y escribir y nada más. Se comienza por el alfabeto y por el nombre de las letras antes de conocer la forma de éstas: se sigue el orden de A a X (la Y y la Z sólo sirven para transcribir palabras griegas y se consideran letras extranjeras); luego se sigue el orden inverso de X a A; después por parejas; más tarde se altera el orden normal estudiando variadas combinaciones; En suma etapas sucesivas, lentamente recorridas; En seguida, antes de acometer la lectura de textos corridos, se hacen ejercicios con frases breves, muchas veces máximas como por ejemplo: “Buena es la vigilia, dormir hace necias a las gentes, y el largo reposo es la madre de todos los vicios” La enseñanza de la escritura se encara simultáneamente con la lectura: el niño escribe en su tablilla las letras, la palabra o el texto que debe leer. Por último el cálculo. Aprender a calcular consistía ante todo en el aprendizaje del vocabulario numeral que se inculcaba al alumno con la ayuda de dos elementos: `pequeños guijarros, calculi, y sobre todo la mímica simbólica de los dedos. Sin embargo, el vocabulario complicado de las fracciones duodecimales de la unidad, fundamento de todo el sistema métrico de la antigüedad, exigía más que nada grandes esfuerzos. Los niños romanos en largas cuentas aprenden a dividir el as de cien mareas. “A ver, que diga el hijo de Albino: si de cinco onzas se quita una, ¿qué queda? Venga, que es para hoy”. “Un tercio de as”. “Bravo, podrás conservar tu hacienda. Y si se pone una onza, ¿qué da?” “Medio as”. (Horacio, Arte Poética, Epístola de Pisones) Pero el latín no decía, como nosotros, 5/12, 1/12m 1/3 etc, sino un quincux, una uncia, un triens, un semis.

La escuela secundaria:
La educación secundaria se hallaba mucho menos difundida que la primaria. Pero en los sectores de la élite, por lo menos, los muchachos y muchachas continuaban estudiando juntos, pues desde las grandes damas de la República hasta las del Bajo Imperio, la sociedad romana conoció siempre, al menos dentro de la aristocracia, un buen número de mujeres altamente cultivadas, mujeres eruditas. El profesor de este tipo de escuelas se llama grammaticus. El fondo esencial de la enseñanza impartida por el gramático continúa siendo la explicación de los autores, de los poetas. La enseñanza superior: los retóricos latinos.- Se trata, en principio, de la enseñanza del arte oratoria. También ésta se confía a un maestro especializado, en que latín se denomina rhetor y a veces también orator. La enseñanza del rhetor latinus tiene por objeto la maestría del arte oratorio, tal como lo asegura la técnica tradicional, el complejo sistema de reglas, procedimientos y hábitos progresivamente empleados por la escuela griega a partir de la generación de los Sofistas. Enseñanza de todo punto formal; aprender las reglas y acostumbrarse a usarlas. (H.Marrou)

 

 

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