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Cultura:
El conocimiento no fue siempre reconocido universalmente como una meta esencial. El Eclesiastés advierte: “Donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia, acumula dolor”. Una persona docta en la Edad Media era primordialmente alguien conocedor a fondo de las Escrituras y sus implicaciones. Antes del renacimiento del saber clásico, el saber humano estuvo recluido durante siglos en monasterios, ocupando un lugar por debajo de la teología. Los pensadores de la ilustración persiguieron la ambiciosa aspiración de organizar todo el conocimiento. Una etapa positiva, liberada de mitos e impulsora del desarrollo, fue ideada por Comte como meta final humana. Wittgenstein llegó a especular sobre las consecuencias de un mundo donde todos los fenómenos naturales fueran conocidos y los interrogantes humanos estuvieran resueltos. El incansable lector Harold Bloom aporta su intento de explicación de por qué nos entregamos a la lectura: Porque no podemos conocer a fondo a toda la gente que quisiéramos; porque necesitamos conocernos mejor; porque sentimos necesidad de conocer cómo somos, cómo son los demás y cómo son las cosas. Entre los fines que busca apunta: Leer para desarrollar la propia personalidad, leer como fuente de sabiduría y para aprender a pensar.

Historia:
Una visión global del mundo debe incluir los grandes acontecimientos pasados y sus causas. Cada época debe enfrentar sus hechos, situaciones, ideas y valores en crisis con los de otras épocas, y reelaborar contínuamente un relato de lo que ocurre. Las personas inquietas que se empeñan en hacer inventario de su herencia recibida del pasado además de atender a los temas que cabalgan por los siglos deben entrar en detalles como individuos relevantes, ideas dominantes, parajes y ciudades. Malraux advierte en sus Antimemorias que sin un punto de comparación, los problemas dejan de ser comprensibles. Pensar es comparar. El ciudadano común no llega a adquirir la habilidad de situar adecuadamente los hechos históricos en la cadena del tiempo.

Sistema educativo:
Las inquietudes culturales se fomentan con una adecuada educación desde la infancia. Entre los educadores de mayor influencia en el siglo XX destacan Hermann Lietz y Georg Kerschensteiner en Alemania, Bertrand Russell, Maria Montessori y John Dewey (EE.UU.). El término humanidades se ha vuelto difuso y frente a enfoques utilitarios evoca algo debilitado, pasado y decorativo. Antes de que se asentara el cuestionamiento de su utilidad las disciplinas humanistas eran consideradas el centro del saber. Las sociedades modernas han decidido claramente dejar de emplear recursos económicos en mantener la educación clásica. Los gobiernos han ido perdiendo interés en formar a sus jóvenes ciudadanos en estudios como la historia, la literatura, el arte, las lenguas clásicas o la filosofía. Consideran menos importante el dominio de la lectura, la escritura, interpretar, juzgar y decidir. La esperanza podría estar en una alianza de la ciencia, el arte y la filosofía, en renovar el humanismo y su tradición plural, a la vez oriental y occidental, judeocristiana y grecolatina, moderna e ilustrada. Umberto Eco en Cómo se hace una tesis (1977) explica cómo el estudio es algo más que una cosecha de nociones. Pretendía inculcar hábitos intelectuales que ayudaran a suplir las carencias de una universidad deficiente, distinta a las prestigiosas universidades anglosajonas como Oxford o Cambridge, que ponen un profesor tutor al servicio del estudiante.

Información sesgada influyente:
Tanto en el pasado como en la actualidad resulta crucial saber discriminar la información ofrecida por los medios de comunicación. Consideramos normal e inevitable que la información económica compuesta de hechos y valoraciones nos llegue plagada de sesgos ideológicos. Los artículos que hablan de la parte del presupuesto destinada a gasto social deben ser considerados a priori como opinión del autor. Una de las primeras funciones del habla humana en el hombre primitivo fue la capacidad de influir en el comportamiento ajeno en beneficio propio. La habilidad de poner cada cosa en su sitio es lo que hasta cierto punto proporciona la cultura.

Formación para el éxito económico:
El desarrollo económico de las sociedades está ligado a la formación de sus ciudadanos. Todos los países se ven forzados a adaptarse a los cambios económicos sacrificando parte de las preferencias y costumbres. Vender productos demandados por una economía globalizada entraña el estudio y comprensión de los gustos y necesidades de mercados lejanos. El alumno de universidad es abordado por algunos centros competitivos como si fuera un cliente que recibe asignaturas eminentemente técnicas. Las humanidades llevan algunas décadas experimentando un claro retroceso.

Media:
Las primeras comunicaciones periódicas impresas fueron difundidas por la Iglesia para organizar el año litúrgico. Las publicaciones mensuales pasaron a ser quincenales y más tarde semanales. Las primeras gacetas no diarias se imprimieron en Habsburgo y Estrasburgo en el siglo XVII. En el siglo XVIII apareció el diario inglés Daily Courant. Le journal de Paris apareció a finales del siglo XVIII. El propósito de canalizar la opinión pública está presente desde los inicios de los diarios. Es únánime el acuerdo de que no puede haber democracia sin unos medios de comunicación libres que proporcionen una información veraz. La concentración de los medios en grandes grupos empresariales pone en cuestión el ejercicio de informar de forma ecuánime.

Las manifestaciones culturales tradicionales fueron vistas a menudo por las vanguardias artísticas como vehículo de perpetuación de la ideología burguesa, concepto acuñado por Marx que incluye aspectos como las relaciones sociales y relaciones de conciencia.

Aportaciones imprescindibles:
Para conocerte, para comprender, lee al menos lo básico. Estudia la Mitología, y también a Homero, y a Virgilio, y las historias del mundo antiguo que sentó las bases políticas e intelectuales de éste. Conoce al menos el alfabeto griego y un vocabulario básico. Estudia latín si puedes, aunque sólo sea un año o dos, para tener la base, la madre, del universo en que te mueves. Da igual que te gusten las ciencias: ten presente —como siempre recuerda Pepe Perona, mi amigo el maestro de Gramática— que Newton escribió en latín sus Principia Mathematica, y que hasta Descartes toda la ciencia europea se escribió en esa lengua. Debes hablar inglés y francés por lo menos, chapurrear un poco de italiano, y que el estudio del gallego, del euskera, del catalán, que tal vez sean tus hermosas y necesarias lenguas maternas, no te impida nunca dominar a la perfección ese eficaz y bellísimo instrumento al que aquí llamanos castellano y en todo el mundo, América incluida, conocen como español. Para ello, lee como mínimo a Quevedo y a Cervantes, échale un vistazo al teatro y la poesía del Siglo de Oro, conoce a Moratín, que era madrileño, a Galdós, que era canario, a Valle-Inclán, que era gallego, a Pío Baroja, que era vasco. Rastrea sus textos y encontrarás etimologías, aportaciones de todas las lenguas españolas además de las clásicas y semíticas. Con algunos de ellos también aprenderás fácilmente Historia, y eso te llevará a Polibio, Herodoto, Suetonio, Tácito, Muntaner, Moncada, Bernal Díaz del Castillo, Gibbon, Menéndez Pidal, Elliot, Fernández Álvarez, Kamen y a tantos otros. Ponlos a todos en buena compañía con Dante, Shakespeare, Voltaire, Dickens, Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Melville, Mann. No olvides el Nuevo Testamento, y recuerda que en el principio fue la Biblia, y que toda la historia de la Filosofía no es, en cierto modo, sino notas a pie de página a las obras de Platón y Aristóteles. (Javier Pérez-Reverte)

 

 

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